jueves, 27 de marzo de 2014

j. y los museos

A j. le gusta visitar los museos, para ella es una especie de ritual.

Aquella tarde decidió visitar una exposición sobre mitología hinduista, la cual encontró casi por azar mientras caminaba distraídamente por el centro de ese laberinto/ciudad.

Su mochila va siempre cargada de libros, libros que le gusta leer en los parques, que en su mayoría tratan sobre viajes y lugares lejanos y exóticos; con el peso de la mochila su paso era lento, mientras bajaba por las escaleras de acceso al museo.

Entró a aquel maravilloso recinto cargado de decoraciones temáticas, y unas hermosas mandalas coloridas que colgaban sobre el techo inmediatamente llamaron su atención.

La larga caminata la había agotado, así que decidió acostarse a descansar sobre una banca que se encontraba en el lobby del museo.

Mientras contemplaba el techo de concreto, cerró sus ojos y con ellos imaginó millones de estrellas, constelaciones de infinitas formas, puntos que ella jugaba a conectar con trazos aleatorios, un universo privado reservado solo para ella entre aquel cielo falso de hormigón que cubría todo el museo.

Luego de pagar su entrada, bajó por la rampa que daba acceso a la galería principal. Despistada, entregó su boleto al joven que cuidaba la entrada al recinto, quién le abrió desganadamente, cansado de tener que estar ahi trabajando aquella tarde.

Al entrar todo estaba sumido en una tenue luz que daba una vaga sensación a algo místico, un secreto perfectamente escondido. Lentamente su corazón se fue llenando de alegría y emoción. No conocía mucho sobre el hinduismo ni las religiones orientales, pero desde hace algún tiempo se había sentido atraída hacia ellas y estar ahí le daba una sensación de nostalgia, de sentir que en alguna vida pasada ella había participado de todo lo que se presentaba ante sus ojos.

Pausadamente recorrió la exposición, aprendiendo sobre Shiva, Parvati, Ganesha y las múltiples manifestaciones de los dioses del hinduísmo. Todo aquello le parecía maravilloso, tan lleno de asombro.

Finalmente, se detuvo ante un cuadro, estuvo contemplándolo por horas. En el se presentaba una escena de Shiva y Parvati, junto a sus hijos en una peregrinación. Se preguntó hacia donde se dirigirían, fue tratando de absorber uno a uno los detalles del fino trazo a mano en aquella composición de gouache, oro y plata; pensó en cuanto le gustaba pintar y que tenía mucho tiempo ya de no hacerlo.

Parada ahí, frente a aquel retrato, no pudo contener sus emociones; se dejó envolver por una tristeza muy profunda. Aquel cuadro le produjo algo, algo que ella sabía.

Sabía que en otro paralelo, ella había estado ahí, en ese mismo lugar, tomando de la mano a i. mientras comentaban sobre lo hermoso de los detalles del cuadro, y el le acariciaba su pelo despeinado, dándole un beso en su mejilla, diciéndole cuánto la quería. Que habían salido del museo al viento frío de la tarde, caminado tomados del brazo por las avenidas de aquella ciudad, soñando en poder caminar por las calles libremente, conversando la noche entera sin parar.

De regreso a casa, j. tomó el metro y luego subió al bus. Era una rutina que conocía de memoria.

Contempló por la ventana el cielo nublado, pensó que su universo privado ya no estaba ahí, que quizá i. tampoco estuvo en el para empezar, que fue tan solo producto de su imaginación; pero ella sabía que en el fondo eso no era cierto, que el también pensaba en ella por las tardes, aunque hace tiempo ya que i. no estaba acá.