jueves, 20 de marzo de 2014

Otoño, paréntesis.

Otoño.
Como aquella vez que fui a tu casa y decidímos salir a caminar un rato, y a medio camino nos sorprendió la lluvia, y no supimos que otra cosa hacer.

Así que ahí, en plena inocencia, jugamos a revolcarnos entre las hojas, nos abandonamos a la lluvia y al olor a tierra húmeda. Mis dedos jugueteaban a enrollarse entre los tuyos y reíamos desenfrenadamente, porque si, porque nada más importaba.

Nos recuerdo en tu casa, tomando un té, mientras esperábamos a que la ropa se secara; 
el zumbido estéril de la secadora inundaba la habitación, llenaba los vacíos entre nosotros. 

Todo era blanco.

Vos con el pelo empapado, con una manta sobre tus hombros para quitarte el frío. 
Vos con la mirada perdida en la ventana, en las nubes grises, mientras la cucharada de miel se deslizaba lentamente entre la taza. 

Y yo pensando que todo era perfecto, que no había nada más;
que jamás te había visto de esa forma, tan expuesta, tan vos misma.

Y lo construímos todo a fuerza de pequeños instantes como ese. Siempre nos dimos esa libertad.

Llegado el otoño, siempre me invade un vago sentimiento a nostalgia; y recuerdo esos instantes que quedaron grabados, como pequeñas notas al margen del cotidiano, garabatos que solo vos y yo sabemos comprender.

Instantes, paréntesis, fragmentos en los que el tiempo se detuvo y que por si mismos bastan para llenar de vida a todo lo demás que creemos importante.

(paréntesis)